Culto a la muerte
«Salid de en medio de ellos, y apartaos»
2 Corintios 6:17
La creencia cristiana de apartarse del mundo, generalmente bajo la influencia de un líder muy carismático y poderoso, inspira a algunos grupos a aislarse del exterior, al que ven como corrupto, formando comunidades cerradas de “verdaderos creyentes”, y actúan según sus creencias de forma literal y, a veces, catastrófica.
El Profeta del Fuego
Texas, 1993. En un campo seco, a las afueras de Waco, un grupo espera el fin del mundo. Su líder dice que Dios le ha hablado… y que solo ellos serán salvos.
Dentro, hombres, mujeres y niños rezan, cantan, cargan armas. Creen estar viviendo el Apocalipsis.
Su nombre es David Koresh. Nació como Vernon Howell, pero asegura ser el nuevo Mesías. El “Cordero de Dios” capaz de abrir los Siete Sellos del Apocalipsis.
Para sus seguidores, él no solo es un hombre, sino la última voz de Dios en la Tierra. Afuera, el mundo está corrompido; adentro, comienza la purificación.
El grupo se autodenomina Rama Davidiana, una escisión radical de los Adventistas del Séptimo Día. Koresh ha convertido el recinto en un santuario cerrado, donde cada palabra suya es ley. Predica el fin de los tiempos, entrena a los fieles, y acumula armas “para defender la fe”. “El fuego vendrá… y solo los justos quedarán en pie.”
El 28 de febrero de 1993, el gobierno intenta detenerlo. El asalto termina en tiroteo. Seis davidianos muertos. Cuatro agentes federales también.
Comienza un asedio de 51 días. Cincuenta y un días de negociaciones, himnos y mensajes proféticos transmitidos por radio. Koresh promete rendirse cuando Dios le dé la señal. Pero esa señal nunca llega.
El 19 de abril, el FBI lanza gas lacrimógeno. Minutos después, las llamas envuelven el complejo. Setenta y seis personas mueren, entre ellas David Koresh. El fuego se convierte en símbolo: para unos, el castigo divino; para otros, una masacre.
El asedio de Waco marcó una generación. Fue la advertencia de lo que ocurre cuando la fe se convierte en arma, cuando el Apocalipsis se vuelve una promesa.
“El Profeta del Fuego” había cumplido su palabra: el mundo, al menos el suyo, terminó envuelto en llamas.
Culto apocalíptico a punto de ejecutar su último acto de devoción y castigo bíblico.



