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LAS BRUJAS

esa progenie de víboras del infierno, no solo inflaman las almas mediante sus obras diabólicas, sino que incendian cuerpos, casas, ciudades enteras; por lo cual, son combustible para el fuego eterno

HAN CREADO AL HOMBRE DE BARRO

de arcilla moldeable,.. Antes, del fuego ardiente habían creado a los Djinns

NO IMPORTA

mientras tengas mucho miedo

LA POSESIÓN

el contacto y el conflicto con el otro mundo

LA MAGIA NEGRA SANGRIENTA

los hechizos malditos y otras cosas mortales

La madre asesina

 


Fue reina de belleza, se enamoró de un sacerdote y masacró a sus tres hijos.
Claudia Mijangos “La Hiena de Querétaro”

"Madre catequista"
Claudia Mijangos Arzac nació en Mazatlán, Sinaloa, en 1956, en una familia de clase alta que le dejó una herencia importante.
En su juventud, era descrita como una mujer muy guapa y ganó un concurso de belleza en su ciudad natal.
También es recordada como una católica muy devota.
Una vez casada, se mudó con su esposo, Alfredo Castaño, a Querétaro y abrió una tienda de ropa.
Mijangos pertenecía a un grupo de "madres catequistas", donde estudiaban sus tres hijos.

El reloj marcaba las 5 de la mañana del 24 de abril de 1989, cuando el cuerpo de Alfredo Gutiérrez Mijangos, de 6 años de edad, fue despertado abruptamente por su madre, Claudia Mijangos Arzac, quien sin compasión enterraba una y otra vez un cuchillo.

El dolor que provocaba el arma blanca hizo gritar horrorosamente al niño, lo que motivó que su hermana mayor, Claudia María, quien dormía en la habitación contigua a la de su madre y en donde ocurría el asesinato de su hermano menor, fuera a ver lo que ocurría; la sorpresa fue ver a su madre acuchillando a su hermano de 6 años de edad.

Claudia María de 11 años, le grito a su madre de 33 años de edad, que no lo hiciera y que dejara a su hermano. Mijangos, no reaccionó y observándola como a una enemiga, se lanzó contra ella y la persiguió hasta las escaleras empujándola, agarrándola del cabello y apuñalándola decenas de veces, hasta que Claudia María dejó de defenderse.

Los gritos de auxilio de su hija mayor despertaron a los vecinos, quienes sin sospechar lo que pasaba en la casa contigua, ignoraron los alaridos de la hija mayor de Mijangos Arzac, y regresaron a los brazos de Morfeo.

Mijangos Arzac dejó el cuerpo de Claudia María tirado en las escaleras de su casa, para dirigirse al cuarto de sus hijas y continuar con su macabra obra. Le faltaba asesinar a sangre fría a su hija Ana Belén de 9 años de edad. Sin piedad y contemplando a su hija que con temor la observaba, la agarró del brazo y la empezó a apuñalar una y otra vez hasta que también ella dejó de defenderse.

Los tres cuerpos de los niños fueron arrastrados hasta la habitación principal para ser colocados uno sobre otro. Así, sus vidas expiraron. El reporte del médico forense fue enfático: los niños murieron desangrados.

No conforme con el asesinato de sus tres hijos, Claudia Mijangos Arzac durmió al lado de sus cuerpos inertes y esperó el amanecer.

A las 9 de la mañana, Verónica Vázquez, una de sus amigas, fue a visitarla. Tocó el timbre y no obtuvo respuesta alguna, pero sabía que su amiga no saldría ese día, así que insistió. La respuesta tardó en llegar y 5 minutos después, la escena empezó tétrica. La perilla de la entrada de la casa de Mijangos Arzac daba vueltas como en una película de terror, Vázquez esperaba ver a Claudia, pero no ocurrió nada. La puerta sólo quedó entre abierta.

Asustada, Verónica entró para ver lo que pasaba y observó que Mijangos Arzac se dirigía a las escaleras. Vázquez le habló, pero Mijangos no le respondió. Insistiendo, Verónica le preguntaba desesperada a su amiga qué pasaba y fue entonces que Claudia Mijangos Arzac, volteando lentamente, le dio la cara. Su bata de dormir estaba totalmente cubierta de sangre, las muñecas de sus manos estaban sangrando, su pies se encontraban descalzos.

Horrorizada, Verónica Vázquez salió de la casa y comenzó a gritar en la calle pidiendo auxilio. Los vecinos salieron para ver qué es lo que sucedía. La policía no tardó en llegar al lugar de los hechos.
Minutos después, dos policías entraron a la casa de Claudia Mijangos Arzac para ver qué es lo que ocurría. Al llegar a las escaleras observaron que se encontraban llenas de sangre; así, los dos policías se dirigieron lentamente al primer cuarto en donde observaron que la cama estaba destendida y sin ningún ocupante. El segundo cuarto, que pertenecía a las hijas de Claudia Mijangos Arzac, también se encontraban vacías y con las camas desarregladas.

Al entrar a la tercera habitación, los policías no podían creer lo que estaban viendo. La escena era de lo más brutal. Los tres niños estaban apilados, uno tras otro, cubiertos de sangre y sobre la cama de su mamá. Mijangos se encontraba semi sentada sobre su cama, con la mirada perdida y bañada en sangre. Los policías le preguntaron si había alguien más en la casa y la única respuesta que obtuvieron fue un implacable silencio.

Minutos después, las ambulancias y los agentes del Ministerio Público llegaron a la casa que perteneció a los Gutiérrez Mijangos encontrando la misma escena tétrica y devastadora que encontraron los policías.

Los tres niños fueron llevados al SEMEFO, mientras que a Claudia Mijangos Arzac la trasladaron al IMSS para ser atendida por las heridas que tenía en sus manos y muñecas.

En su primera declaración, Mijangos Arzac aseguró no recordar nada, mientras que su esposo consiguió uno de los mejores abogados de Querétaro para que llevara el caso de su aún esposa. Los familiares y amigos de Claudia no podían creer que ella fuera la autora de los hechos ocurridos aquel 24 de abril y apoyaron moral y económicamente a la infanticida.

Para la segunda declaración, Mijangos Arzac aseguró que una voz le ordenó matar a sus hijos. El proceso duró un año, tiempo en el cual Claudia Mijangos llevó su proceso en el Penal de Mujeres del Estado de Querétaro, para tiempo después ser trasladada a la Ciudad de México en donde fue recluida en un hospital psiquiátrico donde permaneció, dicen lo que saben, menos de un año para ser puesta en libertad.

Dj Garibaldi

― Insomnia


La Muerte más Dolorosa de la Historia

El suceso ocurrió un 30 de septiembre de 1999, cuando a eso de las 10:30 am en Japón, dos trabajadores en una planta nuclear fueron expuestos a niveles de radiación 15 mil veces más de lo permitido.

Los trabajadores implicados fueron Hisashi Ouchi y Masato Shinohara, quienes se encontraban vertiendo una solución de óxido de uranio en ácido nítrico en un tanque de sedimentación en la Planta Nuclear de Tokaimura.

Un tanque de sedimentación es un componente importante en una planta nuclear. Su función principal es separar los sólidos y líquidos en el agua que se utiliza en la planta.

Para realizar el proceso se necesitan de estos dos elementos altamente corrosivos; y cabe señalar que por protocolos de seguridad, no se permitía usar recipientes que contuvieran más de 2.3 kg de Uranio.

Sin embargo ese día, ambos operadores utilizaron baldes para verter alrededor de 16 kg de uranio. Este detalle desató una reacción en cadena, produciendo una fisión nuclear que se volvió autosuficiente, emitiendo grandes cantidades de radiación gamma y neutrones.

Hisashi siendo llevado de emergencia al hospital 

De los dos operados, Ouchi se encontraba junto al tanque, causando que su exposición fuera mayor y por tanto, sus heridas y muerte fuesen más dolorosas.

¿Cómo murió Hisashi Ouchi?

Se estima que Ouchi es la persona que ha recibido más radiación en la historia, ya que se expuso a entre 10,000 y 20,000 milisieverts (mSv), es decir que recibió la misma dosis que el epicentro de la bomba Hiroshima.

Cuando llegó al hospital, Ouchi tenía su piel hinchada y roja y sus glóbulos blancos estaban en cero. Al pasar de los días, la piel del japonés se comenzó a desintegrar sin posibilidad de regeneración, tenía dificultades para respirar y por el dolor, se le sometió a un coma inducido.

Después de 27 días, sus órganos comenzaron a deteriorarse sin remedio por las hemorragias internas que presentaba y nada parecía tener remedio, ya que según los reportes médicos, incluso sus músculos comenzaron a desprenderse de sus huesos.


La piel de Hisashi se desprendió por completo 


Hisashi falleció el 21 de diciembre a los 83 días de haber sido hospitalizado por un fallo multiorgánico.

Por otro lado, su compañero, duró solamente cuatro meses más hasta que murió igualmente por un fallo multiorgánico.

Sus músculos se desprendian de su cuerpo. Último día de vida de Hisashi






Reencarnar

Para el alma no existe el nacimiento ni la muerte en ningún momento. Ella no ha llegado a ser, no llega a ser y no llegará a ser. El alma es innaciente, eterna, permanente y primordial. No se la mata cuando se mata el cuerpo.

El Bhagavad-gita 

Ilustración de la reencarnación en el arte indio.

Muchas culturas tienen mitos y leyendas que hablan de héroes u otros personajes que mueren y luego vuelven a la vida. Sin embargo, cuando reaparecen, no es como antes, sino como otras personas, como animales o incluso como plantas. El concepto de reencarnación, la reaparición de un espíritu o alma en forma terrenal, se basa en la creencia de que el alma de una persona continúa existiendo después de la muerte y puede transmigrar, o trasladarse, a otro ser vivo.

Es una de las creencias mas viejas del mundo. Los hombres de las cavernas enterraban a los muertos en la posición fetal para que pudieran nacer de nuevo y los griegos creían en la transmigración de las almas, igual que los celtas y los egipcios.

La creencia en la reencarnación ha sido compartida por una amplia variedad de pueblos, incluidos los antiguos egipcios y griegos y los aborígenes de Australia central. Las ideas más complejas e influyentes sobre la reencarnación se encuentran en las religiones asiáticas, particularmente en el hinduismo y el budismo.

Los tibeteanos creen que vivir es sufrir y que morir es nacer de nuevo para volver a sufrir, inspirados en el budismo. A esta región han incorporado también aspectos de una creencia asi misma llamada bon. Asi el budismo tibeteano llegó a incluir complejos rituales y ceremonias. Su Rueda del Devenir, ilustra con claridad el ciclo de muertes y renacimientos.

Los grupos culturales que creen en la reencarnación tienen ideas diferentes sobre la forma en que se lleva a cabo. Algunos dicen que las almas humanas provienen de una fuente general de energía dadora de vida. Otros afirman que individuos particulares renacen repetidamente o vuelven a la vida en sus descendientes.

La idea del que el alma humana sobrevive a la muerte para reencarnarse en otro cuerpo es un concepto oriental. Sin embargo, esta creencia también tiene raíces occidentales. Los primeros padres de la Iglesia Católica sostenían la doctrina de la preexistencia del alma, afirmando que esta encarnaba en sucesivos cuerpos. Durante el Concilio de Constantinopla de 1553 se declaró oficialmente herética esta doctrina. Desde entonces, se acepta la existencia de un alma espiritual inmortal que, tras la muerte del cuerpo, puede pasar al cielo siendo glorificada o ser condenada al infierno. 

En Australia, la mayoría de los aborígenes creen que las almas humanas provienen de espíritus dejados atrás por seres ancestrales que vagaron por la tierra durante un período mítico llamado Dreamtime. El nacimiento de un niño es causado por un espíritu ancestral que entra en el cuerpo de una mujer. El espíritu espera en un lugar sagrado a que pase la mujer. Después de la muerte, el espíritu de la persona vuelve a los poderes ancestrales.

La visión budista niega la existencia del alma y sostiene que lo que reencarna una y otra vez hasta llegar al Nirvana (estado de ausencia de todos los deseos) es algo que no tiene ni materia, ni peso ni sustancia. Para los budistas morir es un arte, como lo es vivir. Por eso la muerte de un "lama"-heredero de la sabiduría de muchas vidas- se crema su cuerpo en una gran ceremonia para purificar al ser que va a reencarnar. 

Según la creencia africana tradicional, las almas o los espíritus de las personas muertas recientemente permanecen cerca de la tumba por un tiempo, buscando otros cuerpos (reptiles, mamíferos, aves o humanos) para habitar. Muchas tradiciones africanas vinculan la reencarnación con el culto a los ancestros, quienes pueden renacer como sus propios descendientes o como animales asociados con sus clanes o grupos. El pueblo zulú del sur de África cree que el alma de una persona renace muchas veces en los cuerpos de diferentes animales, que varían en tamaño desde pequeños insectos hasta grandes elefantes, antes de volver a nacer como humano. Los yoruba y los edo de África occidental comparten la idea generalizada de que las personas son reencarnaciones de sus antepasados. Llaman a los niños "El padre ha regresado" y a las niñas "La madre ha regresado".

La idea de la reencarnación estaba incorporada también en las culturas mas civilizadas de la antigüedad. Los egipcios, por ejemplo, encerraban en los sarcófagos de sus muertos textos que acreditaban las virtudes del difunto. Este ritual tenia un objetivo; pensaban que a través de esos escritos el dios Osiris podía conocer las cualidades del muerto y asi otorgarle nuevas vidas.

La reencarnación juega un papel central en el budismo y el hinduismo. También aparece en el jainismo y el sijismo, dos religiones que surgieron del hinduismo y aún se practican en la India. El jainismo comparte con el hinduismo la creencia en muchos dioses. El sijismo, una religión monoteísta (que cree en un solo dios), combina algunos elementos del Islam con el hinduismo.

La reencarnación juega un papel central en el hinduismo. Las personas que han realizado buenas obras y llevado vidas morales renacen en clases sociales más altas; aquellos que han fallado en estas áreas están condenados a regresar como miembros de las clases bajas o como animales. Esta talla de dos hombres con una rueda representa el ciclo de nacimiento y renacimiento.

El hinduismo, el budismo, el jainismo y el sijismo comenzaron en la India, donde la idea del renacimiento aparece por primera vez en textos que datan del año 700 a. C. Comparten la creencia en el samsara, la rueda del nacimiento y el renacimiento, y el karma, la idea de que el futuro de un individuo encarnado (aparición de un dios, espíritu o alma en forma terrenal) depende de la forma en que él o ella vivió. Las personas que han hecho buenas obras y llevado vidas morales renacen en clases sociales más altas; los que no lo han hecho están condenados a regresar como miembros de las clases bajas o como animales. Solo alcanzando el estado más alto de desarrollo espiritual puede una persona escapar del samsara por completo.

En el jainismo, un alma viaja a cualquiera de los cuatro estados de existencia después de la muerte dependiendo de sus karmas .

El historiador griego Heródoto registró las ideas del antiguo Egipto sobre la reencarnación. Los egipcios, escribió, creían que el alma pasaba a través de una variedad de especies (animales, vida marina y aves) antes de convertirse nuevamente en un ser humano. El viaje completo, desde la muerte de un ser humano hasta el renacimiento como humano nuevamente, tomó 3.000 años. Una fuente del antiguo Egipto, el Libro de la salida de día, apoya en parte el relato de Heródoto. Afirma que las almas de personas importantes pueden regresar a la tierra en forma de criaturas como la garza o el cocodrilo.

Los hindúes aspiran a morir y ser incinerados en la ciudad de Kashi (Banaras/ Varanasi) de 4000 años de antigüedad por esa misma razón. El sistema de creencias sostiene que quien es incinerado allí y sus cenizas esparcidas sobre el agua serán liberados del ciclo de muerte y renacimiento. Una de las ciudades habitadas continuamente más antiguas del planeta y, entre muchas otras maravillas, puedes encontrar, a menudo entre las piras de cremación, los Aghoris Babas.
Los Aghoris son un culto nómade y caníbal que se mueve entre la India y Nepal. Viven y practican sus rituales en los campos de cremación y se sumergen en ambientes donde la muerte hace parte de su rutina habitual.


"El libro tibetano de los muertos"

Rueda budista de la vida, en el sitio histórico de Baodingshan, Dazu Rock Carvings, Sichuan, China, que data de la dinastía Song del Sur (AD 1174-1252). Está en manos de Anicca (la impermanencia), una de las tres marcas de existencia tal como la entienden los budistas. Seis reencarnaciones de todas las criaturas vivientes se muestran en la rueda y muestran el karma budista y la retribución.

Muchos mitos y leyendas mundiales presentan alguna forma de reencarnación. Los antiguos reyes nórdicos eran considerados reencarnaciones del dios Freyr. Después de la introducción del cristianismo en Noruega, algunas personas creían que el rey cristiano San Olaf era la reencarnación de un rey pagano anterior, también llamado Olaf.

En las regiones árticas, donde los animales son fundamentales para la supervivencia, los inuit creen que tanto los animales como los humanos tienen almas que renacen. Los cazadores deben realizar ceremonias para las criaturas que matan para que los espíritus animales puedan renacer y ser cazados en el futuro. Cuando una persona muere, parte de su alma se encarnará en el próximo bebé que nazca en la comunidad. Darle al recién nacido el nombre de la persona fallecida asegura que el niño tendrá algunas de las cualidades del antepasado.

La tradición budista incluye un conjunto de cuentos llamados Jatakas que se basan en la reencarnación. Cuentan las diversas vidas de Gautama Buda y cómo se hizo más sabio y más santo a medida que su alma transmigraba de una vida a otra. En una encarnación, Buda era una liebre que buscaba el crecimiento espiritual a través del ayuno. Se dio cuenta de que si aparecía un mendigo no tendría comida para ofrecer, así que decidió que ofrecería su propia carne. Uno de los dioses bajó del cielo y visitó a la liebre en forma de mendigo. La liebre se arrojó voluntariamente al fuego para proporcionar comida a su invitado, pero el dios salvó a la liebre y pintó su imagen en la luna para honrar su espíritu de sacrificio. En su camino para convertirse en Buda.

Una pintura japonesa del siglo XII que muestra uno de los seis reinos budistas de la reencarnación.

La leyenda japonesa de O-Tei ilustra el inquietante atractivo de la idea de la reencarnación. O-Tei era una joven comprometida para casarse. Enfermó y mientras agonizaba le prometió a su futuro esposo que regresaría en un cuerpo más saludable. Ella murió y el joven escribió una promesa de casarse con ella si alguna vez regresaba.
Pasó el tiempo y finalmente se casó con otra mujer y tuvo un hijo. Pero su esposa y su hijo también murieron. Con la esperanza de curar su dolor, el hombre se fue de viaje. En un pueblo que nunca había visitado, se alojó en una posada donde lo atendía una chica que se parecía mucho a O-Tei. Le preguntó su nombre y, hablando con la voz de su primer amor, ella le dijo que era O-Tei. Ella dijo que sabía de su promesa y que había regresado a él. Luego se desmayó. Cuando despertó, no recordaba su vida anterior ni lo que le había dicho al hombre. Los dos estaban casados ​​y vivían felices juntos.

Tumba de Allan Kardec, fundador del espiritismo. La inscripción dice en francés "Nacer, morir, volver a renacer, y así progresar sin cesar, tal es la ley".

Sersensitivo

Las almas que estuvieron muy relacionadas en una vida tienden a reunirse en otras vidas. Si esa relación fue amorosa, entonces el amor persiste. Si fue hostil, entonces es algo que debe ser superado. Si fue un compromiso, cualquier compromiso debe ser honrado.

― Insomnia












LA JOYERÍA DE LUTO

«Algunos están muertos y otros vivos/

En mi vida los amo a todos»

(«En mi vida», The Beatles)


La Gente moría en su casa.

Monedas grandes de cobre eran colocadas en los párpados del difunto para mantener los ojos cerrados hasta que empezara el rigor mortis.

Familia y amigos eran notificados de la muerte de alguien a través de papel adornado con filos negros y sobres cerrados con un sello de cera negra.

Fotografías post-mortem eran tomadas con el difunto en su ataúd. A los niños muertos a veces se le tomaban en posiciones que figuraban estar vivos.

Aquellos en duelo usaban negro sólido, vestidos, abrigos, guantes ( A los niños no se les permitía usar estos últimos), sombreros y velos.

Caballos negros eran los encargados de arrastrar el carruaje mortuorio. El camino que recorrería se cubría de paja para hacer más profundo el sonido a su paso.

Existía una etiqueta para vestir de negro durante un tiempo específico para permanecer de luto: Viudas: 2 años de intenso duelo (1er año con negro sólido, 2do año negro suave con gris, blanco o morado profundo); Hijos y Padres: 1 año; Hermanos y Nietos: 6 meses; Sobrinos y Primos: 3 meses.

Se colocaba tela negra cubriendo la puerta, las ventanas y respaldos de las sillas en señal de luto.

Los espejos eran cubiertos y se colocaban lirios en recipientes y vasos.

A los dolientes se les daba joyería hecha a mano como protección, a veces incluyendo cabello del difunto...

Desde la Baja Edad Media, en especial tras la gran peste negra de mediados del siglo XIV, que acabó con la vida de un tercio de la población europea, la concepción de la muerte cambiaría profundamente en comparación al período anterior. En Morir en Occidente: desde la Edad Media hasta nuestros días, Philippe Ariès explica que a la visión domesticada de la muerte en la Alta Edad Media, le seguiría una signada por el temor colectivo a morir y por la preocupación respecto de la vida ultraterrena, dada la experiencia epidémica. Por eso se buscaba la salvación del alma antes de que la muerte fuera inminente, a través de la confesión y el testamento, así como también la gloria del difunto que había sido virtuoso, mediante ostentosos mausoleos. En ese contexto, hombres y mujeres no solo se hicieron aun más conscientes de su condición de mortales, sino también, se ocuparon de representar alegóricamente a la muerte con mayúscula mediante diversas expresiones literarias, como las «Danzas de la Muerte», diálogos dramatizados cuyo personaje principal es la Muerte esquelética, que inspirarían una serie de grabados, murales y miniaturas -incluso un alfabeto de Hans Holbein, de 1520- o el Everyman, moralidad inglesa del siglo XV, en la que la Muerte, mensajera divina, convoca a Cada cual a emprender su último peregrinaje. Este tono ante la existencia actualizó la tópica del memento mori (‘recuerda que eres mortal’) y del omnia mors aequat (‘la muerte iguala todas las cosas’), tamizándose letánicamente en epitafios, obras dramáticas y colecciones poéticas como Carmina Burana (especialmente vinculada a la Fortuna) o las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique.

Inicial C, Alfabeto de Hans Holbein, 1526.

A partir del siglo XVI, la Muerte comenzó a representarse a través de otras manifestaciones de la cultura, más allá de la plástica y la literatura: la joyería. Bajo esta nueva textura, esqueletos, calaveras y ataúdes, inscritos en las superficies de anillos, pendientes, broches y brazaletes- o metamorfoseados en relojes-, se alzaban como recordatorios de la efímera y vana existencia.

Pendiente, c.1540-1550. V&A Museum.

Este reloj de bolsillo es uno de los tantos ejemplares que se volvieron trendy en la Europa renacentista: el reloj memento mori. Una calavera tallada en plata funcionaba como su carcasa. La metáfora de la ineludibilidad de la muerte se dramatiza con el compás del reloj, así como también con el lema grabado en el cráneo «vita fugitur /aesterna respice/ caduca despice / incertita hora«: «Se fuga la vida/ mira hacia lo eterno/ lo transitorio desprecia:/ incierta es la hora final». El tópico del tiempo que se fuga en alianza con el del desprecio al mundo, bajo la forma de un memento mori.

Reloj calavera, c. 1655-1665, British Museum.

Las cuentas de este rosario son sorprendentes. Un rápido giro de la pulsera muestra las dos caras de la vida humana, giro rápido dictado por el tempus fugit. No es casual que sea un rosario: la joya recuerda la condición mortal, y también propone a la fe cristiana como vía para la salvación.


Rosario, c. 1500–1525, Museo Metropolitano de Arte.

Alrededor del siglo XVII, piezas de orfebrería como estas, que invocaban a la Muerte como una experiencia universal, integrarían nuevos elementos y simbolismos, que las convertirían en pequeños memoriales de difuntos queridos, con nombre y apellido. Es la llamada «joyería de luto», que tuvo su apogeo en las épocas georgiana y victoriana. Se cree que esta práctica nació tras la ejecución del rey Carlos I de Inglaterra, en 1649: sus fieles seguidores comenzaron a usar, a veces secretamente, miniaturas de su retrato y relicarios con su cabello. A mediados del siglo XVII, ciertos nobles y burgueses no solo preparaban sus testamentos antes de morir, sino también mandaban a confeccionar anillos alusivos a sí mismos, que pudieran ser obsequiados a sus amigos y parientes durante sus funerales «In memory of»  fue, por esos tiempos, la frase más labrada sobre relicarios y pendientes, seguida del nombre del fallecido.

Broche, principios siglo XIX.

Piedras y metales preciosos son las materias primas primeras de las joyas de luto, pero hay una más que convierte a estas piezas en verdaderas reliquias: el cabello del difunto. Mientras el metal y la piedra cautelan la permanencia del recuerdo, el cabello hace presente al fallecido, a modo de sinécdoque. “El cabello es al mismo tiempo el más delicado y duradero de nuestros materiales y nos sobrevive, como el amor. Es tan liviano, tan suave que se escapa de la idea de la muerte», afirma la revista Godey’s Lady’s Book, en 1860, publicación que consideraba como modelo a seguir a la reina Victoria de Inglaterra.

A principios del siglo XIX, la joyería hecha con cabello humano se institucionalizó en Inglaterra, bajo el alero de la Reina Victoria, a través de artistas como Antoni Forrer, que tejían la fibra capilar de un modo similar al del encaje. La época victoriana es célebre por haber cultivado una especial sensibilidad hacia el amor y la amistad, que se traducía en el lenguaje de las gemas y en el de las joyas. El estricto luto que observó la reina tras la muerte de su esposo, el príncipe Alberto, en 1861, fue discretamente ornamentado con accesorios que lo conmemoraban -y que fueron también usados por la corte y por el pueblo. En esta litografía, la reina viuda lleva un collar con pendiente de corazón que, según Charlotte Gere, era un relicario que conservaba una mechón de su esposo, que él le había regalado probablemente cuando eran novios. Sin duda, Victoria popularizó el uso de la joyería de luto.

La Reina Victoria de luto. Litografía, 1862. British Museum.

Broche hecho con cabello humano y oro, c.1850.

Ya desde la época georgiana, el cromatismo asociado a la muerte y el luto se diversifica en caso de que quien falleciera fuera un niño, niña, soltero o soltera, para quienes el color de tributo no era ya el negro, sino el blanco. La simbología macabra del esqueleto se sutiliza, abriendo paso a símbolos más delicados y emotivos, que se estilizarían más aún con el estilo victoriano, tales como el sauce, cuyas hojas mustias establecen una analogía con la postura del que llora, o el barco y la ancla, que simbolizan el viaje sin regreso del que ha muerto y la espera/esperanza de los deudos, respectivamente. Los destellos dorados de este anillo corresponden al cabello del difunto, el que ha sido finamente superpuesto a la imagen.

Anillo de oro, con pintura en sepia y cabello humano, fines del siglo XVIII.

Anillo de oro con pintura en sepia de sauce y urna. Inscripción: «Not lost, but gone forever», c. 1760-1810.

Un último ejemplo de joyería de luto es este precioso broche metálico, en cuyo centro hay una trama confeccionada con pelo de una persona fallecida. En tiempos donde la fotografía no existe o aún no se masifica, el cabello es un recuerdo que dura y perdura bello e intacto. Probablemente, hacia fines del siglo XIX, broches como este ya no enmarcarían juegos artísticos capilares, sino más bien fotos del difunto.

Broche con cabello humano trenzado, mediados siglo XIX.

Mientras que la joyería renacentista, enraizada en una rica tradición medieval, recuerda con tono macabro que somos mortales, la joyería georgiana y, especialmente, victoriana, conmemora a quienes ya partieron, a través de pequeños monumentos portátiles. Ellos ya no están, pero dejan lo que queda, las reliquias, aquello que estuvo en contacto con su ser más íntimo y genuino, y que en el presente contacta con la piel nuestra, pulsándola con su recuerdo.


― Insomnia