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Balas contra rezos

Sargento Héctor G Bernal

En 1993, en el municipio de Carepa, al norte del Urabá antioqueño se dio un enfrentamiento entre los uniformados del Batallón Francisco de Paula Vélez y los guerrilleros de las FARC. De este enfrentamiento los militares recuerdan al hombre de la M-60, un guerrillero conocido como ‘El Percherón’ quien apenas comenzaba el combate se quitaba las botas, agarraba su metralleta y gritaba: “No se preocupe mi teniente, aquí va El Percherón” (Sánchez, 1999, 31 de marzo). Sus compañeros cuentan que veían orificios de bala en su camuflaje, pero nunca ninguna lo atravesó, pues al parecer quitarse las botas activaba el dispositivo de blindaje que tenía ‘El Percherón’. Este fue el primer indicio que se tuvo de que la guerra en Colombia no era únicamente armada.

Contra este ubico a Jesús, María y José. La sangre te niego; el corazón te ablando.
Cristo, mírame. Cuida mi casa, mi cama, mi cuerpo y todo a mi alrededor.
Cristo, de mi enemigo defiéndeme. Cristo, las balas que no me entren.
Líbrame de todo mal y peligro. Ahí viene; sálvame, Señor.
El fuego no siente frío, el agua no siente sed y el pan no siente hambre.
Justo Juez que estás en los cielos, sus ojos que no me vean.
Si trae manos, que no me toquen; si trae armas, que no disparen.
Santa Cruz, que a mi casa vas, alumbra mis pasos en las oscuras noches, para que así pueda ver el camino, mis enemigos no.

—Espere, comandante. Necesito orinar —gritó alias David, combatiente de las FARC, mientras se bajaba la cremallera de su camuflado.
Orinar al menos tres veces antes de ir a combate era su ritual, pues cuando su orina tenía un color amarillo encendido, el plomo estaba cerca. Muy, muy cerca, decía.
Dos o tres minutos después se escuchaba el rafagazo que lo hacía tenderse al suelo, ponerse pálido como el queso crema que le servía su mamá para desayunar y taparse la cabeza.
De vez en cuando alzaba la mirada y veía a algunos de sus compañeros en la línea de fuego, dando plomo y recibiéndolo, sin saber de quién ni para dónde, con el pecho al descubierto, como si tuvieran la plena seguridad de que absolutamente nada, nada, les podía pasar.

Cuenta la leyenda de los rezados que estos eran combatientes inmunes a las balas y a los tajos de los machetes. Solo un brujo podía, con plantas, bebedizos, rezos y objetos, sellar el cuerpo para que no entrara ni la muerte.
Guerrilleros y paramilitares fueron los protagonistas de ese capítulo del conflicto colombiano que dejó de ser una leyenda y saltó a la realidad.

Bastaba un solo rezo para que David retomara el control sobre lo incontrolable, para que dejara de tenderse y empezara a coger el fusil con ambas manos para apuntar.
Bastaba con acostarse sobre un montón de cenizas mal tiradas o bañarse durante un par de horas en infusiones de plantas para dejar de temer cuando las balas le rozaban.
Pero, como él mismo lo dice, nunca fue capaz.

Él es alias Arbey 057, exparamilitar de las Autodefensas Campesinas del Casanare, mejor conocidas como los buitragueños, porque estaban al mando de Héctor Buitrago. Arbey, un tipo alto, fornido y con las iniciales de su nombre tatuadas, aprendía rápido. No le costó mucho trabajo dar bala en el Ejército Nacional cuando prestó servicio militar. Tampoco le costó cambiarse de bando. Llegó a las autodefensas con 23 años y la ilusión de ganar billete, según cuenta. Pero se encontró con el estricto Martín Llanos, hijo de Héctor Buitrago, quien tomó el mando del grupo en 1998, luego de la captura de su padre. Para Arbey ya era tarde. Sabía que no se podía salir.

Ese año fue recibido con combates frecuentes y el constante cirirí de sus compañeros, que se la pasaban hable y hable de la abuela, la bruja del llanoArbey cuenta que la curiosidad le ganó y que, con apenas diez meses dentro de la organización, se mandó rezar el cuerpo para que las balas no lo atravesaran nunca más.

Ser un rezado era como jugar un partido de fútbol en dos equipos, cambiando constantemente de posición: primero volante, luego delantero, después arquero y, finalmente, defensa. Se trataba de hacer pactos con quien fuera para no morir. Era rezarle a las seis de la mañana a Dios y, a las seis y un minuto, al diablo para evadir el peligro. Ser un rezado era una estrategia de guerra.

                    

Rezarse era tener un doble poder.
Así lo describe alias Gavino Zapata, el Abuelo, un hombre digno de las canas que adornan su cabello y de las arrugas de sus manos.
Gavino habla con la tranquilidad de quien siente que hizo un buen trabajo. Estuvo militando un poco más de dos décadas en las Autodefensas Unidas de Colombia, labor que le costó una condena de 40 años, la cual cumple en una de las cárceles de Bogotá.
Era campesino, un hombre de tierra, hasta que en 1983 decidió, con el apoyo de la comunidad, asumir la responsabilidad de defender la región. Así se refiere al año en el que ingresó a las Autodefensas Campesinas de Puerto Boyacá.

La vida del Abuelo cambió cuando el Cuarto Bloque de las FARC desvió su recorrido por el departamento de Cundinamarca y terminó asesinando a los hermanos Obando, en el Bajo Jacopí, su pueblo.
Cerca de los cuerpos, Gavino recuerda haber encontrado una lista negra de las FARC en la que aparecía su nombre: Jorge Enrique Rivera Herrera, como número once.
Desde ese momento entendió que a él lo matarían peleando, pero nunca amarrado a un palo.

Esa doble militancia entre la religión y los ritos paganos se debe a que, en un país como Colombia, convergen las tradiciones indígenas y sus prácticas ancestrales, la santería africana, que llegó con los esclavos, y la religiosidad que trajeron los españoles.
Así lo explica Leonardo Nieto, antropólogo del Centro Nacional de Memoria Histórica, quien durante años ha escuchado relatos sobre los rezados en las declaraciones de excombatientes que llegan hasta el monumento a las víctimas.

                       

Al combatiente que decidía convertirse en rezado lo motivaba la posibilidad de ver la muerte y abrazarla con la certeza de quien abraza a un amigo.
Poder jugar a la ruleta rusa con el gatillo bloqueado.
Y poder, simplemente poder.
A Freddy Quintero, alias Porrón, integrante del Bloque Centauros de las Autodefensas Unidas de Colombia, le sobraba decisión.
Cada mañana, Freddy abría los ojos y miraba el cielo entre los palos que sostenían su hamaca, los mismos que dejaban colarse la luz entre las hojas.
Por ahí le llegó la fe.
La fe de ver a sus compañeros, esos que nunca se tendían.
La fe que lo empujó al deseo de convertirse en rezado tan pronto como fuera posible.


En cambio, a Noriega, comandante medio del Bloque Vencedores de Arauca de las Autodefensas Unidas de Colombia, le tocó tomar la decisión un poco por empujón.
Noriega era más brujo que cualquiera, cuenta, pero nunca quiso saber lo suficiente como para tener que entregarle el alma al diablo.
Sabía de brujería chocoana, la mejor, en su criterio, pero en ese tiempo nunca se rezó.
El rezo le llegó cuando su comandante se lo ordenó, para parecer más fuerte, más confiado y más agresivo frente a su tropa.

                      

Freddy y Noriega se refugiaron en lo mágico y terminaron en medio de un juego que les garantizaba la vida, pero que también representaba algunos problemas.


Ese rezado que se paraba en la línea de fuego a dar plomo y que se iba contra el enemigo empuñando el machete tenía todo bajo control en combate.
No sentía miedo, pero cuando había que volver al campamento se acordaba de que tenía una deuda pendiente.
Y, como dicen las abuelas, el diablo es puerco, pero nunca olvida las deudas.

—Freddy, cuando vayamos a pelear, no se vaya a pasar al lado izquierdo. Usted conoce lo mío; entonces, no se va a pasar al lado izquierdo porque nos jode.

Freddy ingresó a las AUC después de haber prestado servicio militar. Era reservista, tenía buena puntería y aprendió a cocinar.
Durante una entrevista en la cárcel, cuyo nombre no se menciona, cocinó el almuerzo para todos. Y, sin quitarse la toalla azul que llevaba en la cabeza, empezó a hablar.

En 1999, cuando entró a la organización, Freddy conoció a Víctor y, con él, a su abuelita, la de cabello blanco, como él mismo la describía.
La abuelita de Víctor era una bruja de Acandí, Chocó, que protegía a todo aquel que creyera en ella, cuenta Freddy.
Después de seis meses de tirarse al suelo cuando se quedaba sin balas, Freddy apostó y tomó la decisión de blindarse.
Pasaron apenas unas horas para que Víctor le meciera la hamaca y le entregara un anillo: su anillo de protección.


Freddy se sentó de golpe en la hamaca y empezó a probarse el anillo en todos los dedos de su mano izquierda.
—¡Juepucha, no me queda! —decía.
Hasta que encajó perfectamente en su dedo meñique.
Desde ese día y hasta su captura, en 2005, la uña de ese dedo nunca dejó de estar pintada de negro.

Víctor, por su parte, era el consentido de su abuelita.
Ella le había enseñado sobre las cosas que hacía. Le había regalado un libro que contenía oraciones de protección y le había mandado dos argollitas, una para cada mano.


Esa granada de mortero lo hizo sentir diferente, dijo Freddy, mientras miraba el pequeño espacio de suelo que había en la celda.
Al día siguiente de la explosión, Freddy revisó su camuflado unas cinco veces. Lo ajustó a su cuerpo para buscar heridas, pero lo único que encontró fue su piel quemada.
Quemada como si alguien le hubiera apagado un cigarrillo encima.
Ese día entendió que, efectivamente, ya nada le podría hacer daño.
Después del anillo, Freddy llevaba una vida normal. Se bañaba cuando quería, comía lo que quería y peleaba el día que quería.
En cambio, Víctor no.
Él estaba tan protegido que podía hacer muchas cosas, pero muchas otras no, afirmó Freddy.


El anillo protegió a Freddy durante seis años.
Seis años en los que nunca conoció a la abuelita de Víctor, la bruja.
Seis años en los que nunca se lo quitó.
Seis años en los que un objeto garantizó su vida.
Sucede también con monedas, por ejemplo.
Pero el rezo del cuerpo por medio de un objeto es apenas una de las modalidades de ritual que se conocen dentro de la magia y la brujería colombianas.

Año 2001.
Más de 33 grados centígrados.
Viernes.
La abuela se levanta.
Lava su rostro, cuidando las arrugas propias de una mujer de 60 años.
Sale al patio y carga su escopeta, su changón.
Prepara el dragón.
Se asegura de que el cuarto oscuro esté más oscuro que de costumbre.
Reza las bolsitas de satín.
Se encomienda a los santos.
Y se sienta a esperar.
Desde la habitación de al lado, un hombre bajo y moreno la sigue con la mirada.
Noriega.
Está acostado.
Lleva dos días en la casa de la abuela.
Quién sabe cuántos más tenga que esperar.
Al instante, la abuela, la bruja del llano, aparece en la puerta.
Le indica que es momento de cambiar de habitación.
Le hace quitarse la camisa, lo golpea con un manojo de hierbas...
Y lo acuesta en otra cama.


La abuela cerraba la puerta.
Y Noriega, quien solo había ido a San Martín, Meta, para que ella lo rezara, ya no podía ver ni siquiera su propia mano.
Ella no estaba lejos. Él lo sabía porque alcanzaba a escuchar sus murmullos, palabras que no lograba entender.
Así transcurrieron los cuatro días, sin más detalles.
Porque él, en su afán por dejar ese pasado atrás, se obligó a no recordar.

Dos años antes, en la misma casa y en el mismo cuarto, Arbey había sido rezado.
Por ella. Por la abuela.
Un rezo que le costó quinientos mil pesos, lo que, supuestamente, le iban a pagar al ingresar como paramilitar.
Ese día, Arbey tocó la puerta.
Habló con ella y fijaron la tarifa.
Quince minutos después, ya estaba en un cuarto oscuro.
Oscuro. Oscuro.
Un cuarto en el que la luz no podía colarse por ningún lado.
Se acostó en una cama.
Y ahí se quedó.
La abuela entró y cerró la puerta de inmediato.
Y, sin mediar palabra, empezó a murmurar.
Media hora después, encendió la luz.
En ese momento, Arbey advirtió que estaba cerrando un libro.
Así que asumió que eso era lo que ella había estado leyendo.
El Dragón Rojo
El libro maldito.
—Terminamos —le dijo ella.
Y lo probó.


A Noriega también lo probó.


Luego de revisarse los morados, Arbey pagó.
Creía en la abuela.
Estaba seguro de que nada le iba a pasar.
Así que salió y se fue.
Nunca más la volvió a ver.
Noriega, por su parte, tuvo que quedarse un rato más después de la prueba que le hizo la abuela.
Escuchó con total atención todo lo que ella tenía que decirle.


El rezo hecho por la abuela protegió a Arbey y a Noriega durante quince y cuatro años, respectivamente.
Ese rezo del cuerpo por medio de oraciones es otra de las modalidades de ritual que, según los testimonios, fue utilizada para blindarse.
En 2014, Arbey decidió dejar la muerte quieta.
La dejó completamente quieta, cuando se enteró de que, contra todo pronóstico, la abuela había muerto.

Freddy voltea a mirar el techo de la celda.
Se encuentra un poco impaciente.
Empieza a tocar el meñique en el que llevó el anillo.
Y empieza a contar otra historia.
—El anillo no fue la única protección que tuve — dice.
En 2003, cuando se libraban los combates entre las autodefensas, los comandantes querían asegurarse de que no se perdiera ninguna vida.
Eran combates diarios.
Y no podían arriesgarse.
Así que mandaron a rezar a todos.


Luego de ese rezo, tuvieron que deshacerse de las manillitas, recuerda Freddy.
Y empezaron a tener cuidado con cualquier brujo que entrara a la organización.
Porque las ganas de protegerse los hicieron olvidar que estaban en una guerra.
Y el enemigo seguía al acecho.
Otra de las maneras de blindar el cuerpo era a través de oraciones. Como la oración al Justo Juez. 
Las oraciones son una cosa poderosa.
Son tan efectivas como pasar ocho días en la casa de un brujo.
—dice Freddy.


El mismo libro.
El de El Dragón Rojo.
Era el elemento que se usaba en los rituales de la abuela.
La bruja del Meta.
Según describió Arbey.
Aunque también se le atribuía un pacto directo con el diablo y el uso de ánimas que habían sido malas en vida.
Pero vaya uno a saber.
La única que sabe es ella —exclama.

La magia y la brujería tienen muchas vertientes y posibilidades, de acuerdo con el territorio en el que se practiquen —explica Noriega.
Hay gente que se manda a hacer tantos rezos y rituales de protección que, al final, termina endeudada con el mismísimo diablo.
Y pagando con sangre —agrega.


La cuota de sangre no fue un elemento exclusivo de los rituales de las autodefensas.
Pagar con vidas la protección obtenida también se presentó en las FARC.
Ezequiel recuerda que le contaron la historia de alias Pareja, uno de los militantes más antiguos de las tropas del jefe guerrillero Manuel Marulanda Vélez.


Alias Falcao era combatiente de las Autodefensas Unidas de Colombia.
Algunos pensaban que veía el futuro, porque siempre que anunciaba un combate, este sucedía.
Otros le habían descubierto el frasquito que cargaba atado al pantalón.
Dentro del frasco llevaba un duende, tan grande como la falange de un dedo.
Así lo recuerda Arbey.


Dentro de esa variante de los rezos también se encontraban los niños en cruz.
Según Noriega, eran pequeñas figuras que se introducían en el cuerpo y se calentaban al sentir el peligro.


A orillas del río Estigia, una mujer sostenía a su hijo del talón mientras hundía el resto de su cuerpo para volverlo inmortal.
El talón sostenido por la madre jamás tocó las aguas y permaneció vulnerable, como el de cualquier otro mortal.
En la mitología, esta es la historia del talón de Aquiles, el punto débil del guerrero de Troya.
En el conflicto colombiano, los rezados también tenían un punto débil.


9 de diciembre de 2003.
Freddy va con un mortero al hombro.
Le pide permiso a su comandante para ponerlo en posición.
En un instante ve cómo su comando vuelve y predice su muerte.
Le acaban de pegar en el punto débil.
Si todo es como lo pintan, de esa ya no va a salir.

Los rezados, como Aquiles, son inmortales hasta que les encuentran un punto vulnerable y caen.
Como cualquier otro mortal.
Al final, al rezado solo le quedan dos opciones:
Vivir o morir.
Como Víctor, el amigo de Freddy.


Y Pareja, el guerrillero que mató a su compañera para pagar la cuota de sangre.


Morir era mucho más sencillo.
Pues, como dicen popularmente:
Para un brujo, otro brujo.
Y para todo rezo, una contra.
Entre lo que aprendió en las AUC, Arbey también aprendió a hacer contras.
Recuerda que era tan sencillo como levantarse y escupir las balas en ayunas, mientras se le resbalaba de la boca un rezo.
¿Y vivir?
Vivió Ezequiel, quien nunca se rezó y siempre pensó que ese asunto de los rezos era algo psicológico, más que brujería, según cuenta.
Vivió Freddy, quien, cuando fue capturado, hizo polvo el anillo que le había mandado la abuelita de Víctor porque, según decía, nunca más lo iba a necesitar.
Vivió alias Arbey 057, quien asegura que dejó de creer en su rezo cuando la abuela murió.
Y vivió Noriega, quien decidió quitarse el blindaje luego del nacimiento de su hija, con un bebedizo de plantas dictado durante una llamada con la abuela, porque quería dejar esas cosas.
También vivió Gavino Zapata, quien, a sus 70 años, no esconde la decepción y el sinsabor que le deja el uso de las prácticas mágicas en el conflicto.


A Freddy, contrario a Zapata, el haberse rezado el cuerpo sí le dejó un suspiro de fe.


En el andar investigativo, se encontró la pista de Lucero, una exparamilitar que Noriega describió como la única mujer rezada que alguna vez conoció.
Según Noriega, Lucero era sobrina de la abuela, la bruja del Meta.
Nunca la encontraron.

También se encontró el testimonio de alias Lucas, excombatiente de las FARC y ahora miembro del Consejo Nacional de los Comunes, quien, a través de un mensaje, contó:

—Nosotros somos marxistas, materialistas dialécticos. Utilizamos para todas nuestras actividades el método científico y esas prácticas no encarnan nuestro espíritu y filosofía. Pero, además, estaban prohibidas estatutariamente. Así que, si alguien llega a decir que en las FARC se daban esas prácticas, es un mentiroso que quiere aprovecharse de las circunstancias.

Lo que permite entender que, aunque los rezos se daban en guerrillas y autodefensas de manera simultánea, estos eran practicados abiertamente en las Autodefensas Unidas de Colombia, debido a que esta organización no tenía una ideología tan marcada, a diferencia de las FARC, de acuerdo con lo mencionado por Lucas.

Al final, algunos necesitan controlar lo incontrolable de alguna forma.
Los rezados vivieron buscando maneras de burlar la muerte, hasta que, para algunos, la muerte los alcanzó.

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